jueves, 7 de marzo de 2013

Amaury González Vilera


El último parte médico ofrecido por el ministro Ernesto Villegas en la noche del lunes 4 de marzo no auguraba buenas noticias. La primicia de la muerte física del gran Hugo Chávez parecía inminente. Luego, durante la mañana del 5 de marzo, Nicolás Maduro sugirió que la enfermedad del presidente pudo haber sido inoculada, al tiempo que anunciaba la expulsión de un agregado diplomático estadounidense por conspirador.
El ambiente se había enrarecido. El asesinato del cacique Sabino Romero había golpeado a los revolucionarios, en otro duro golpe a un proceso que ha sido pacífico solo en un sentido. La rueda de prensa con el Alto Mando Militar adquirió un aspecto grave. A la desalentadora información ofrecida sobre la salud de Chávez la noche anterior, se sumaba la sugerencia de la posible inoculación de la enfermedad y la expulsión del gringo injerencista. Las especulaciones aumentaron después de mediodía. Finalmente, lo que era inminente, uno de los escenarios probables, fue sin embargo un golpe imprevisto.
En horas de la tarde, El vicepresidente de la República, rodeado de dirigentes civiles y militares y en cadena nacional, dio la terrible noticia: Hugo Chávez, el huracán de Sabaneta, el presidente más democrático y legítimo de la historia occidental, el líder político más amado y odiado del continente, acaso del mundo, había fallecido.
Chávez fue el Jefe de Estado sobre el que se escribió más, el protagonista de miles de artículos de opinión, de crónicas, ensayos, décimas y poemas, tesis y antítesis. Si bien así lo demuestra el libro Hugo Chávez Frías y la Revolución Bolivariana, de Rafael Ramón Castellanos, creemos que aún es mucho lo que queda por plasmar sobre la obra multitudinaria y eterna del arañero de Sabaneta, ahora que viene el momento de la sistematización, del balance histórico, de la evaluación, del destape de algunas situaciones, de la desclasificación de documentos, de las tribulaciones de un ser humano que cargando con una enfermedad tan dura fue capaz de alcanzar una nueva y aplastante victoria electoral el pasado 7 de octubre.
El dolor nos embarga en esta hora. Sin embargo, convendrán conmigo en que si hay alguien en el mundo que no puede llamarse muerto, ese es el Comandante Chávez, el libertador del alba del siglo XXI. Son muchos los recuerdos, las ideas, las vivencias que a todos nos marcaron y nos recordarán siempre a Hugo Chávez. La huella dejada fue profunda, indeleble. Desde principios de siglo la ola bolivariana se venía sintiendo con fuerza. El renacimiento del debate político, la politización de la gente, un despertar mágico y poético en el seno del pueblo, un nuevo sentido de la vida que movilizó ―a favor o en contra― a Venezuela entera. Chávez era como una gran locomotora arrastrando vagones oxidados, una poderosa inyección de idealismo, un reencantamiento de la cotidianidad, una bocanada de vida; alguien a quien seguir y a quien oponerse en medio de la nada, de la desesperanza.
Chávez, eres grande. Refundaste la República. Fuiste el único dirigente político que, derrocado en golpe de Estado mediático-patronal, logró regresar a la silla presidencial en 48 horas, en un episodio aún muy reciente como para comprender todas sus implicaciones y consecuencias; inauguraste un proceso político de cambio social con las herramientas que tuviste a la mano, las del Estado liberal-burgués, en una lucha que no te dio cuartel y que te autodefinió como un subversivo en Miraflores. Diste inicio a la primavera política de América latina; llevaste el pan y las letras a las mayorías que siempre estuvieron excluidas, en lo que fue tu mayor logro, la gran luz con la que brilló tu pueblo. Pero además enfrentaste al imperialismo y le hiciste entender que Venezuela merecía respeto. Expulsaste embajadores golpistas y enterraste al Alca en la tierra del general Perón.
Chávez combatió prejuicios, ignorancias, incomprensiones, la soberbia de la oligarquía venezolana y las del continente. Pasó por encima de las miserias, soportó infamias hasta el último de sus días. El golpe vencido tuvo una segunda parte que su liderazgo y la entereza del pueblo fue capaz también de derrotar, en un episodio que permitió poner definitivamente la principal industria del país al servicio de las mayorías del pueblo. Y es que, el Gobierno bolivariano fue una limpieza permanente desde que, en diciembre de 1999, se lanzó en paracaídas encima de la terrible inundación que se llevó a miles de venezolanos, tragedia natural donde se puso al frente y donde supo decirle No a la “ayuda desinteresada” que los gringos ofrecieron con intenciones no muy claras.
Chávez fue la gran voluntad de vida, el gran conciliador, un espíritu volcánico que nos demostró el valor del optimismo histórico, de la esperanza, de lo que es capaz de lograr el ser humano cuando se plantea altos propósitos. Si lo hasta ahora dicho suena apologético es porque es una apología, casi un ditirambo, aunque se hayan cometido muchos errores. En este sentido, Chávez también nos deja un valioso aprendizaje. Para este servidor, dígase lo que se diga, Chávez vino evidentemente a cumplir una misión, a despertar nuestros sentidos, a hacernos madurar. Chávez vino a enseñarnos que no podemos vivir en el territorio de un Estado como si de un campamento se tratara, preocupándonos solo por lo nuestro, predicando un darwinismo ingenuo y promoviendo el sálvese quien pueda, sin cultura para la verdadera libertad, sin conciencia histórica, sin saber lo que es vivir en una patria soberana.
Chávez, es mucho lo que podríamos decir y muchas cosas se dirán y se discutirán. Por ahora, nos reconforta que hayas dejado una sólida unidad cívico-militar y un ejército de millones dispuesto a recoger tu legado. Aquí, en la patria de Bolívar, viven algunos millones de esos que Tupac Amarú predijo que regresarían. Chávez, América Latina, los pueblos del mundo, te lloran, y te lloran porque ahora vivirán para celebrarte.

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